Fragor de la batalla con Viriato y un soldado romano.
Viriato en sus luchas contra los soldados romanos.

Numancia, Viriato y el día en que Roma temió perder Hispania para siempre

El plan secreto de Roma para dominar la península ibérica: de Viriato a Escipión

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Tras la derrota de Aníbal y la destrucción de Cartago, Roma emprendió una nueva etapa de expansión en la península ibérica. A partir del año 195 a.C., el procónsul Marco Porcio Catón consolidó y afianzó el control romano sobre la Hispania Citerior, sofocando rebeliones y estableciendo una base sólida en la costa mediterránea.

No obstante su dominio fue más militar que político: los celtíberos y otros pueblos del interior aceptaron la autoridad de Roma solo de forma superficial.

El poder romano se afianzó mediante campañas de castigo, botines de guerra y la explotación de los recursos naturales. Catón regresó a Roma con miles de kilos de plata y oro, prueba del enorme potencial económico de las tierras hispanas.

A partir de entonces, la ambición de riquezas impulsó a los generales romanos a avanzar hacia el interior, enfrentándose a los pueblos lusitanos, celtíberos y galaicos, tres de los grandes grupos que habitaban la península.

Los lusitanos, descritos por Diodoro de Sicilia como guerreros ágiles y montañeses, practicaban incursiones de tipo de saqueo que afectaban a los territorios vecinos y desafiaban la autoridad romana.

En respuesta, Roma envió a generales como Escipión Nasica, quien logró detener a un ejército lusitano en la batalla de Ilipa (195 a.C.), marcando el inicio de una larga y terreible serie de conflictos en el suroeste peninsular.

Durante las décadas siguientes, Roma alternó entre campañas de guerra y tratados de paz. En 179 a.C., el procónsul Tiberio Sempronio Graco logró una relativa estabilidad al firmar un acuerdo con los celtíberos que les otorgaba tierras y relativa autonomía, a cambio del pago de tributos y la prohibición de fortificar sus ciudades.

Su política diplomática aseguró veinticinco años de paz en la Citerior, mientras ciudades como Gracchurris (que es  la actual Alfaro) comenzaban a emitir moneda propia.

Viriato y la guerra de guerrillas

En la Hispania Ulterior, no obstante, los enfrentamientos continuaban. Las derrotas romanas ante pueblos como los carpetanos y vetones precedieron al inicio de las Guerras Lusitanas (155-136 a.C.).

De este periodo surgió la figura legendaria de Viriato, líder lusitano que transformó las tácticas de resistencia indígena mediante algo diferente, era la guerra de guerrillas.

Durante años hostigó al ejército romano, logrando victorias notables hasta su asesinato en 139 a.C., probablemente a causa de una traición orquestada por Roma. Su muerte marcaría el fin de la resistencia organizada en el oeste.

Numancia y el símbolo de la resistencia celtíbera

Mientras tanto, en el centro peninsular, los celtíberos protagonizaban las Guerras Celtibéricas (153-133 a.C.), cuyo episodio más sobresaliente fue el asedio de Numancia. La ciudad, refugio de los arévacos, resistió durante años las embestidas romanas.

Tras sucesivos fracasos de varios cónsules, el Senado confió el mando al joven Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo de Escipión el Africano. En el año 133 a.C., tras un prolongado bloqueo y la hambruna, Numancia caería finalmente. Muchos de sus habitantes prefirieron el suicidio antes que la esclavitud, convirtiéndose en un símbolo de resistencia frente al Imperio Romano.

Con la caída de Numancia y la derrota de Viriato, Roma completó la conquista de la península, poca resistencia habría ya. Las últimas campañas, dirigidas por Décimo Junio Bruto Galaico, extendieron el control romano hasta Gallaecia, donde se enfrentó a un ejército de 60.000 galaicos.

Con posterioridad Quinto Cecilio Metelo Baleárico incorporó las Islas Baleares al territorio romano, fundando Palma y Pollentia en 123 a.C.

A finales del siglo II a.C., solo los pueblos del norte —como fueron los astures, cántabros y vascones— mantenían cierta independencia. Pero el proceso de romanización ya estaba en marcha: las ciudades hispanas adoptaron instituciones romanas, el latín se impuso progresivamente, y las élites indígenas comenzaron a integrarse en las estructuras del poder imperial.

De la resistencia inicial a la integración cultural, la conquista de Hispania no fue solo una historia de guerras supuso el comienzo de una profunda transformación política, económica y social que cambiaría para siempre el destino de la península ibérica.