La crónica de Vera Luque del Albacete Balompié-Cádiz CF (1-0): Pasear sobre el alambre es lo que tiene
El autor define la campaña del Cádiz CF como «un ejercicio de funambulismo constante, un cara a cruz por ese fútbol esquematizado y robotizado tanto de nosotros como del oponente»
La tónica de los partidos cadistas es el sopor. El paso de los minutos a base de pelea mediocampil, batalleo por balones en zona de nadie mezclado con un sucedáneo del frontón de toda la vida, en la que la mayoría de las veces, el muro lo forman los defensores amarillo.
El guión se repite y se repite hasta la saciedad, y de vez en cuando, como esa noche mensual en la que toca cena opípara y copeo posterior, aparece un partido con algo más de emoción o sobresalto. De ahí que el caminar del Cádiz por la categoría sea monótono y siempre apegado a la mínima diferencia en el marcador, bien para un lado, bien para otro.
Un ejercicio de funambulismo constante, un cara a cruz de ya veintidos partidos, por ese fútbol esquematizado y robotizado tanto de nosotros como del oponente. La partida de ajedrez hace del aficionado un mero espectador que demuestra la pasión a cuentagotas, y sólo en los últimos minutos, cuando se está decidiendo si la victoria se podrá mantener, o la derrota podrá ser corregida, sólo en los últimos estertores en búsqueda del empate, bien por nosotros, bien por ellos, las pulsaciones se aceleran una mijita, la garganta explota, y los pies no se están quietos.
La temporada está siendo una larguísima etapa llana del Tour que acabará con un sprint, que esperemos, desate nuestros instintos de hincha. Hasta entonces, calma chicha con goteos de delirio o de desazón.
Los partidos los está decidiendo un momento puntual, si bien, esto es una máxima de la gran parte del fútbol que hemos visto de toda la vida de Dió. El dedo gordo del pie derecho de Casillas desviando el remate de Robben en la final de Sudáfrica, por ejemplo. El matiz más insignificante cambia la historia de los partidos, de los clubes, de las naciones incluso, poniéndonos en modo magnánimo. Un mano a mano entre Pascual y Mariño momentos antes del uno a cero nos podría haber dado los tres puntos.
Después vinieron más, igualmente fallados. Pero ese cero a uno virtual... aich. Ni Pascual es Robben, ni Mariño es Casillas. Pero la jugada bien podría compararse, teniendo en cuenta que Pascual no tuvo la maldad del holandés, ni Mariño necesitó de realizar nigún elástico escorzo para tapar la pelota como en su día hiciera el madriles.
Esos son los momentitos que te decía. Milésimas de segundo donde la sangre fría manda, y donde por la cabeza del delantero pasan fórmulas matemáticas, combinaciones vectoriales y líneas rectas buscando ángulos imposibles para colocar la pelota.
Pero para eso hay que ser muy, muy bueno. Al alcance de muy pocos cracks, oiga. Robben no lo hizo (dicen que al influjo de un “kiricocho” de libro que le lanzó Capdevila desde metros atrás), no exijamos ahora a Pascual que lo haga y defina como Romario. No estaría aquí.
Confieso que la entrada de Tabatadze me pareció la resolución perfecta. El genio del fútbol mundial si de los partidos sólo contara la última media hora. De ahí que al verlo salir del campo cojeando, se me difuminaron muchas de las esperanzas que tenía puestas en el empate e incluso posterior remontada, que de haberse dado seguro hubiera sido a partir del espíritu indomable del georgiano, ya transformado en SuperTaba una vez que el reloj sobrepasara el minuto 60.
Pero no. Resultó extraño verlo incapaz por una lesión, cuando uno proyecta una imagen del colega tipo guerrero bárbaro matando osos pardos con sus propias manos. Que no sea para mucho. Igualmente, quedó claro lo importante que es tener a Moussa Diahkité ahí en medio, como referente, destructor del juego contrario y desatascador del juego propio.
Su imponente presencia se echó en falta, sin saber decirte qué hubiera pasado con él en el campo, pero a sabiendas que hoy por hoy, tiene el puesto fijo en el once inicial, sea cual sea el dibujo que Garitano quiera diseñar sobre el tapete.
Mirábamos la clasificación de reojo, y nos veíamos acariciando la pole position si la racha continuaba, y nos dimos cuenta que no hay que hacer tantas ídems tan apresuradamente. Seguimos rondando los puestos de actores secundarios. Piano, piano.