Civilizaciones brillantes que desaparecieron sin guerra, la verdad detrás de su caída
El clima y la fragilidad de las civilizaciones antiguas: de Tartessos a Aksum
Durante siglos, los historiadores atribuyeron el colapso de grandes civilizaciones antiguas a distintas guerras, invasiones y conflictos armados. Pero investigaciones recientes revelan un panorama mucho más complejo como es el cambio climático, la deforestación y la sobreexplotación de recursos aparecen hoy como factores decisivos en la desaparición de culturas que, como Tartessos, Cnosos o Micenas, marcaron el esplendor del mundo antiguo antes de desaparecer y desvanecerse sin dejar apenas rastro escrito.
La civilización de Tartessos, situada en el sur de la península ibérica, continúa siendo uno de los mayores misterios arqueológicos en España y del Mediterráneo.
Las fuentes antiguas la describen como una región rica en oro, plata y estaño, tremendamente próspera gracias al comercio con fenicios y griegos. Su poder se habría sustentado en el control de las rutas mineras del Guadalquivir y en una red de principados bajo una monarquía hegemónica.
El hallazgo del Tesoro de El Carambolo (siglo VII a.C.), fue atribuido a la época del legendario rey Argantonio, es la prueba más evidente de su riqueza. Pero el esplendor tartésico se apagó bruscamente hacia mediados del siglo VI a.C.
Los investigadores apuntan a una combinación de causas como el declive fenicio en Oriente Próximo, el ascenso de Cartago y la pérdida de los contactos comerciales mediterráneos. El agotamiento de los recursos naturales y las tensiones internas tuvieron su peso y habrían hecho el resto.
Cnosos y el fin del sueño minoico
En la isla de Creta, la civilización minoica floreció entre el 3000 y el 1100 a.C., alcanzando su máximo apogeo con los fastuosos palacios de Cnosos, Festos o Malia, centros de poder político, religioso y comercial.
Su sofisticado sistema de escritura, el Lineal A, y los frescos que decoraban sus muros evidencian un grado de desarrollo sin ningún precedentes en el Mediterráneo.
El mito del Minotauro y el laberinto, interpretado por Arthur Evans a comienzos del siglo XX, encontró una más que evidente y sorprendente base arqueológica en las intrincadas estructuras palaciales cretenses.
No obstante, la erupción volcánica de Thera (Santorini), en torno a 1500 a.C., provocó un colapso climático y económico que sumió a la isla en la inestabilidad. A ello se sumó la expansión de los micénicos, que terminaron por absorber la herencia minoica.
Micenas: la caída de los héroes
La civilización micénica, nacida en el Peloponeso, fue la primera cultura de tipo urbano avanzada de la Grecia continental. Desde Micenas, Tirinto o Pilos, sus reyes extendieron una red de comercio e influencia que alcanzó el Egeo y el Mediterráneo oriental. De ellos heredamos el Lineal B, descendiente del sistema minoico, y una tradición épica que sería inmortalizada por Homero.
Pero hacia el 1100 a.C. el mundo micénico se derrumbó. Las causas siguen siendo discutidas puesto que algunos arqueólogos culpan a los Pueblos del Mar, otros a desastres naturales o revueltas internas. Lo cierto es que su caída marcó el inicio de la Edad Oscura griega, un período de regresión social y económica.
De Europa oriental al África antigua
Mientras en el Mediterráneo se apagaban los ecos de Micenas, en Europa oriental prosperaba la cultura Cucuteni-Tripilia (5400–2700 a.C.), una sociedad de tipo agrícola igualitaria que construyó los mayores asentamientos neolíticos del continente.
Enigmáticamente, cada varias generaciones incendiaban sus propias aldeas, quizá como una especie de rito de purificación. Su desaparición, aún sin explicación definitiva, podría deberse al cambio climático o a invasiones esteparias.
Siglos más tarde, en el Cuerno de África, el reino de Aksum se erigió como potencia comercial entre los siglos I y VII d.C. Su control del comercio de materias como el oro y el marfil, y su conversión temprana al cristianismo, lo convirtieron en uno de los imperios más avanzados de África. Pero la competencia árabe, la sobreexplotación agrícola y la desarticulación administrativa precipitaron su declive.
La lección que dejan Tartessos, Cnosos, Micenas, Cucuteni o Aksum es muy evidente y es el esplendor de una civilización puede depender tanto de su genio como de su entorno. Las sequías, erupciones volcánicas o la simple degradación ambiental han sido, una y otra vez, el detonante invisible de las grandes caídas.
Hoy, cuando el planeta enfrenta su propio problema climático, la arqueología recuerda que ninguna civilización, por poderosa que sea, es inmune a la naturaleza.