Manipulación de los cuentos del "Patito Feo" y de "Caperucita Roja".

Cuando los cuentos fueron armas, la propaganda oculta en la literatura infantil durante la Guerra Civil española

El Patito Feo republicano y la Caperucita azul: los cuentos que dividieron a España

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A lo largo de la Historia, la literatura ha sido más que un medio de expresión artística con una alcance notable en la sociedad y también un terreno de disputa ideológica.

En tiempos convulsos y de guerras, los cuentos, novelas y poemas han sido utilizados como herramientas de tremenda persuasión política o moral. Esta apropiación del arte literario ha encontrado uno de sus escenarios más sensibles en la literatura infantil, donde la inocencia del público lector ha servido, en ocasiones, como vehículo de transmisión de doctrinas y valores al servicio del poder.

Durante las guerras civiles y los periodos totalitarios, la literatura se convirtió en un campo de batalla de tipo simbólico. En el caso español, la Guerra Civil en España (entre los años 1936 y 1939) transformó incluso los cuentos más clásicos en alegorías del enfrentamiento ideológico.

Tanto el bando republicano como el rebelde o franquista comprendieron la influencia de los relatos en la formación temprana de las conciencias, convirtiendo los libros infantiles en instrumentos de mucha propaganda emocional y política.

La década de los treinta fue, sobre todo, reveladora en este sentido. La Generalitat de Catalunya llegó a crear un “Comisariat de Propaganda”, destinado a supervisar el contenido de las publicaciones infantiles.

Su objetivo era muy evidente como el poder orientar los valores transmitidos a los niños y asegurar que las lecturas reforzaran una determinada visión del mundo. Los cuentos, antaño depositarios de tradiciones universales y moralejas morales, se transformaron en excepcionales vehículos de proselitismo.

El Patito Feo vs. Caperucita Roja en la Guerra Civil de España

Uno de los ejemplos más notables de esta manipulación fue la reinterpretación de “El Patito Feo”, publicada en el año 1937 por la Editorial Estrella.

En esta versión, el célebre cuento de Hans Christian Andersen abandonaba su tono más bien universal para convertirse en una alegoría de alusión claramente política.

El protagonista ya no era un simple símbolo de superación personal, era más bien la encarnación del niño obrero y republicano que, enfrentado a los “patos fascistas” de la granja, lograba redimirse mediante su tremendo esfuerzo y la lucha. Las referencias sociales y de clase eran directas puesto que los nobles se transformaban en explotadores, y el patito en un miliciano que defendía los ideales de igualdad y justicia social.

Al otro lado del espectro ideológico, el franquismo también moldeó los cuentos a su antojo y a su conveniencia. En la obra “Caperucita encarnada”, adaptada por la regidora de prensa y propaganda de Trujillo, Mercedes Terrones Durán, que era la heroína del bosque se transformaba en símbolo de obediencia y fe cristiana.

En esta versión, el lobo encarnaba siempre al mal y la tentación, mientras que Caperucita representaba la pureza de la que trataban de ser reflejo y que se salva gracias a la intervención divina y la adhesión a la moral católica. El desenlace sustituía la tradicional caperuza roja por una azul, símbolo -en la época y en España- del orden, la disciplina y el sacrificio que eran virtudes centrales del ideario falangista.

Estos relatos, aparentemente inocentes, eran en realidad unos muy eficaces dispositivos de adoctrinamiento cuidadosamente diseñados. El lenguaje simbólico de los cuentos se convirtió en un medio de transmisión ideológica que apelaba de forma directa a la emotividad infantil.

La frontera entre la fantasía y la propaganda se difuminaba siendo un universo mágico del relato se subordinaba a los imperativos de la guerra y la política.

No obstante reducir este fenómeno a una peculiaridad española sería un error puesto que la instrumentalización de la literatura infantil ha sido una constante en distintos regímenes del siglo XX ya que desde los cuentos patrióticos soviéticos hasta las fábulas moralistas de la Alemania nazi o la propaganda estadounidense en tiempos de guerra. En todos los casos, la palabra escrita funcionó muy eficazmente como un arma cultural destinada a modelar mentalidades desde la infancia.

La literatura infantil —ese espacio en el que la imaginación debería ser libre y protectora— sufrió, así, la contaminación de los intereses ideológicos. Pero frente a las versiones tan manipuladas y tan doctrinarias, siempre ha sobrevivido la esencia original del cuento como un  transmisor de sabiduría y con moraleja.

La verdadera vigencia de los relatos clásicos no reside en lo que que sería su uso político, sino en su capacidad para trascender el tiempo, preservar la empatía y recordar que, incluso en los momentos más oscuros, la literatura tiene que ser un refugio, no un arma.

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