Mitos, leyendas e historias extrañas en torno a los eclipses solares.

Cuando un eclipse anunciaba la muerte de reyes: las leyendas que aún sorprenden

Durante siglos fueron interpretados como presagios de muerte, castigos divinos o ataques de criaturas sobrenaturales

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La alineación entre la Tierra, la Luna y el Sol es hoy un fenómeno perfectamente conocido por la astronomía. Los eclipses pueden calcularse con años de antelación y atraen a miles de personas que viajan para contemplarlos con seguridad.

Pero durante buena parte de la historia de la humanidad ocurrieron exactamente lo contrario: la desaparición parcial o total del Sol, o el oscurecimiento de la Luna, despertaban miedo, alimentaban supersticiones y daban origen a relatos que mezclaban religión, mitología y observación del cielo.

Si bien la ciencia ha desvelado hace tiempo el funcionamiento de estos fenómenos, muchas de aquellas leyendas continúan vivas como parte de la identidad cultural de diferentes civilizaciones.

Cuando un eclipse era un presagio de desgracias

La ausencia de conocimientos científicos llevó a numerosas sociedades a interpretar los eclipses como señales enviadas por fuerzas superiores.

En Europa medieval, estos acontecimientos solían asociarse a guerras, epidemias, hambrunas o la muerte de gobernantes. La oscuridad inesperada en pleno día alteraba la vida cotidiana y reforzaba la idea de que el orden natural podía romperse en cualquier momento.

Uno de los episodios más conocidos ocurrió en el año 1133, cuando un eclipse solar coincidió con los últimos meses de vida de Enrique I de Inglaterra.

Los cronistas de la época interpretaron aquel fenómeno como un anuncio de la muerte del monarca y de la inestabilidad política que llegaría después. Tras su fallecimiento, el reino atravesó un largo conflicto sucesorio que alimentó todavía más la fama profética del eclipse.

Algo similar sucedió siglos antes con Luis el Piadoso, emperador del Imperio carolingio. Las crónicas relatan que presenció un eclipse total de Sol poco antes de enfermar gravemente y morir en el año 840. Para muchos de sus contemporáneos, ambos acontecimientos quedaron unidos como una prueba de que los eclipses anticipaban el destino de los grandes gobernantes.

Aunque hoy estas asociaciones carecen de fundamento científico, reflejan el enorme impacto psicológico que provocaban unos fenómenos imposibles de explicar con los conocimientos de la época.

Dragones, lobos y jaguares: las explicaciones que dieron distintas culturas

Las antiguas civilizaciones desarrollaron interpretaciones muy diferentes para responder a la misma pregunta: ¿por qué desaparecía el Sol o cambiaba el aspecto de la Luna?

En la antigua China se extendió la creencia de que un gigantesco dragón celestial intentaba devorar el Sol. Cada vez que comenzaba un eclipse, la población golpeaba tambores, campanas, ollas y otros objetos metálicos con la intención de espantar a la criatura y devolver la luz al cielo.

Existen referencias históricas que indican que estos rituales se practicaban hace más de dos mil años.

En la mitología nórdica, la explicación estaba protagonizada por los lobos Sköll y Hati. Según la tradición escandinava, ambos perseguían de forma incansable al Sol y la Luna.

Cuando conseguían alcanzarlos, se producía un eclipse, un hecho que algunos relacionaban además con el Ragnarök, el fin del mundo descrito en las antiguas leyendas vikingas.

Las culturas americanas también elaboraron sus propios relatos. Diversos pueblos sudamericanos imaginaban que un jaguar atacaba la Luna durante los eclipses lunares.

El color rojizo que adquiere el satélite en algunos de estos episodios reforzaba la idea de que estaba siendo herido. Para evitar que el animal descendiera después a la Tierra, las comunidades realizaban ceremonias y producían fuertes ruidos colectivos.

En la tradición hindú, el protagonista es Rahu, un ser que logró probar el elixir de la inmortalidad antes de ser decapitado por el dios Vishnú.

Convertido únicamente en una cabeza inmortal, Rahu persigue desde entonces al Sol y a la Luna para vengarse. Cuando consigue alcanzarlos se produce un eclipse, aunque los astros reaparecen poco después porque el cuerpo del perseguidor ya no existe.

Mayas y mexicas también interpretaron estos fenómenos como enfrentamientos entre divinidades celestes y realizaban ceremonias religiosas para garantizar que el equilibrio del universo no se rompiera.

De los mitos a algunos de los mayores descubrimientos científicos

La revolución científica transformó por completo la forma de entender los eclipses. Los trabajos de Nicolás Copérnico, Johannes Kepler e Isaac Newton permitieron describir con precisión el movimiento de los cuerpos celestes y explicar por qué se producen estas alineaciones.

Además de resolver un antiguo misterio, los eclipses se convirtieron en una oportunidad única para avanzar en el conocimiento del universo.

En el año 1868, durante un eclipse total de Sol, el astrónomo francés Pierre Janssen observó una línea espectral desconocida en la corona solar. Aquella investigación condujo a la identificación de un nuevo elemento químico, el helio, bautizado en honor a Helios, dios griego del Sol.

Décadas más tarde, en 1919, otra expedición marcaría un antes y un después en la historia de la física. El equipo dirigido por Arthur Eddington aprovechó un eclipse para fotografiar estrellas situadas cerca del borde del Sol y comprobar si su luz se desviaba por efecto de la gravedad.

Las observaciones confirmaron la predicción realizada por Albert Einstein en su teoría de la relatividad general y cambiaron para siempre la comprensión del espacio y el tiempo.

Hoy los eclipses siguen despertando expectación en todo el mundo, aunque por motivos muy distintos. Ya no simbolizan la amenaza de criaturas legendarias ni anuncios de catástrofes, sino una oportunidad para contemplar uno de los espectáculos más extraordinarios que ofrece el cielo y recordar cómo la curiosidad humana pasó de los mitos a la explicación científica.

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