Diferentes simios gigantes en una selva.
Simios gigantes, los llamados "King Kong".

El auténtico 'King Kong' de la evolución se extinguió por un cambio que no pudo superar

Nuevas investigaciones reconstruyen los últimos miles de años de Gigantopithecus blacki y apuntan a que la transformación de su hábitat fue decisiva para su extinción

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Durante mucho tiempo, décadas, la desaparición de Gigantopithecus blacki ha sido uno de los grandes enigmas de la paleontología. Este enorme simio, de un gran tamaño, considerado el primate más grande que ha habitado la Tierra, vivió en el sur de China y anexas, alcanzando unas dimensiones muy superiores a las de cualquier gran simio actual.

Ahora, un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature aporta nuevas pruebas y evidencias que relacionan su extinción con un cambio ambiental que alteró profundamente el ecosistema del que dependía.

La investigación sostiene que el gigante asiático no consiguió adaptarse bien a las transformaciones del paisaje provocadas por un clima más variable.

Mientras otras especies emparentadas modificaron su alimentación y sobrevivieron durante más tiempo, Gigantopithecus blacki quedó atrapado en un entorno cada vez menos favorable hasta desaparecer hace entre 295.000 y 215.000 años.

Un descubrimiento que comenzó con un diente en una farmacia

La historia científica de este primate empezó de forma insólita. En 1935, el paleontólogo Ralph von Koenigswald examinaba en una farmacia china unos llamados "dientes de dragón", fósiles pulverizados que se comercializaban por sus supuestas propiedades medicinales. Entre ellos encontró un molar de un tamaño excepcional que no correspondía a ninguna especie conocida.

Aquel hallazgo permitió describir posteriormente a Gigantopithecus blacki, un animal del que todavía hoy se conocen muy pocos restos fósiles. El registro disponible se limita aproximadamente a 2.000 dientes y cuatro mandíbulas parciales, suficientes para estimar que alcanzaba entre 1,8 y 3 metros de altura y un peso situado entre 200 y 500 kilogramos.

Aunque durante años su imagen se ha asociado popularmente con el mítico King Kong, los especialistas consideran que su parentesco más cercano estaba con los orangutanes y no con los gorilas. Su aspecto, por tanto, habría sido mucho más parecido al de estos grandes simios asiáticos que al del famoso personaje cinematográfico.

El cambio del bosque alteró su alimentación

El trabajo dirigido por Yingqi Zhang, del Instituto de Paleontología y Paleoantropología de Vertebrados de la Academia China de Ciencias, reconstruyó tanto la cronología de los fósiles como las condiciones ambientales en las que vivió la especie.

Para ello, el equipo analizó restos procedentes de 22 cuevas y aplicó seis métodos distintos de datación, obteniendo 157 estimaciones cronológicas que permitieron reconstruir con mayor precisión la evolución de las poblaciones de Gigantopithecus blacki.

Los resultados indican que hace alrededor de 2,3 millones de años la región estaba formada por un mosaico de bosques y áreas abiertas que proporcionaba abundantes recursos alimenticios. Sin embargo, esa estabilidad fue desapareciendo con el paso del tiempo.

El clima se volvió más estacional y el paisaje experimentó importantes cambios. Los bosques densos dieron paso a espacios más abiertos, aumentó la presencia de pastizales y helechos y los sedimentos muestran también un incremento de restos de carbón, una señal compatible con una mayor frecuencia de incendios naturales.

Ese nuevo escenario redujo la disponibilidad de los alimentos que habían sustentado durante miles de años a este enorme primate.

King Kong: su enorme tamaño terminó convirtiéndose en una desventaja

Los investigadores compararon además el desgaste dental de Gigantopithecus blacki con el de Pongo weidenreichi, un orangután fósil que compartió parte de su distribución geográfica.

Las diferencias fueron significativas. Mientras el orangután modificó su comportamiento y amplió su dieta para aprovechar nuevos recursos, el gigantesco simio mostró señales compatibles con un estrés prolongado y una reducción progresiva de sus poblaciones.

La necesidad de recurrir a vegetales con menor valor energético coincidió con un hábitat cada vez más fragmentado. Para un animal de semejante tamaño, encontrar suficiente alimento resultó cada vez más complicado.

Su gran masa corporal, que durante millones de años pudo representar una ventaja, acabó limitando su capacidad para desplazarse largas distancias en busca de recursos.

Esa combinación de restricciones alimentarias, cambios ecológicos y escasa capacidad de adaptación habría conducido finalmente a su desaparición.

Los autores del estudio consideran que comprender este proceso resulta especialmente relevante en la actualidad.

Analizar por qué algunas especies fueron incapaces de responder a cambios ambientales mientras otras sí lograron hacerlo ayuda a entender mejor cómo afecta la transformación de los ecosistemas a la supervivencia de la fauna, una cuestión que sigue siendo objeto de estudio ante los actuales cambios climáticos y la pérdida acelerada de biodiversidad.