Piedra grande con las runas talladas, si distingue un barco.
Piedra tallada con las runas (Foto: OCAE).

Descubren en Ontario una inscripción secreta en runas: el Padre Nuestro tallado en la roca

Una inscripción en runas hallada en Canadá reaviva el misterio de los exploradores nórdicos

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Bajo el espesor  de la vegetación verde y húmedo del norte de Ontario (Canadá), un hallazgo fortuito ha revelado una historia sepultada durante más de un siglo.

La caída de un árbol dejó al descubierto una piedra rúnica de más de un metro de largo, tallada con 255 símbolos que componen una versión muy completa del Padre Nuestro en lengua ancestral escandinava.

Este hallazgo, ocurrido cerca de la localidad de Wawa, ha despertado la enorme curiosidad de arqueólogos e historiadores, que ven en él un enigma que trasciende la simple casualidad.

La piedra, cubierta por musgo y raíces, presenta una serie de inscripciones en Futhark antiguo, que se trata del alfabeto rúnico usado por los pueblos germánicos entre los siglos II y VIII.

Pero su datación no apunta a los vikingos. ya que los expertos determinaron que las runas corresponden a una versión posterior, de uso en Suecia durante el siglo XVII y reeditada en el XIX.

Esta pista llevó la investigación hacia una dirección inesperada como es la posible conexión entre el artefacto y los trabajadores europeos que poblaron el norte canadiense en el siglo XIX.

El hallazgo incluye, más allá del texto sagrado, un grabado de un barco con dieciséis figuras humanas y catorce marcas en forma de equis, elementos que han aumentado el interés por el sitio.

Las inscripciones muestran un trazo cuidadoso, sin indicios de falsificación moderna. “Es imposible atribuirlo a un capricho reciente”, indica uno de los especialistas del Ontario Council for Archaeological Exploration (OCAE), entidad que actualmente colabora en la preservación del lugar.

La hipótesis más sólida apunta a un trabajador sueco de la Hudson’s Bay Company, la poderosa empresa dedicada al comercio de pieles que operaba al norte de Canadá durante el siglo XIX.

La compañía empleaba a decenas de europeos —entre ellos mucho escandinavos— en puestos remotos, como el de Michipicoten, situado a pocos kilómetros de donde apareció la piedra.

Los historiadores creen que uno de estos empleados, que sería profundamente religioso, pudo haber tallado la oración como un acto de fe y soledad. En una época donde el aislamiento y el rigor del clima hacían mella en la mente de los trabajadores, la espiritualidad era un refugio y ancla cultural.

Tallar el Padre Nuestro en runas —un alfabeto que en la Suecia decimonónica se  relacionaba con el orgullo nacional y las raíces ancestrales— habría sido una manera simbólica de conectar con su origen y su dios.

Devoción en piedra, runas entre la fe y el olvido

Lo que intriga a los investigadores es la precisión de las inscripciones así como el hecho de que no se hallaron objetos, restos humanos ni herramientas cerca del sitio. Esto sugiere que la piedra fue enterrada intencionalmente, quizás como parte de una especie de ritual personal o para protegerla del paso del tiempo.

El hecho de que permaneciera oculta durante más de cien años refuerza la idea de un gesto de tipo íntimo, cargado de significado espiritual.

El hallazgo ha reabierto preguntas fundamentales como son: ¿por qué elegir un lugar tan apartado? ¿Fue un acto de devoción solitaria o una ceremonia compartida entre compañeros?

Si bien las respuestas permanecen fuera del alcance, la piedra se ha convertido en un símbolo de la profunda conexión entre fe, recuerdo y supervivencia en un entorno extremo.

Los arqueólogos trabajan junto a los propietarios del terreno para convertir el lugar en un punto de estudio patrimonial protegido. La meta es construir una estructura que resguarde la piedra de la erosión y permita al público conocerla sin dañar la superficie de la misma.

“No es una reliquia vikinga, pero su valor cultural es inmenso”, señala el arqueólogo canadiense Ryan Primrose, impulsor del proyecto.

La piedra rúnica de Wawa es hoy una cápsula del tiempo que une dos mundos, el primero el de los bosques solitarios de Ontario y el segunda el de la tradición espiritual nórdica.

En una era dominada por grandes relatos de conquista y exploración, este hallazgo viene a rescatar una historia más íntima y humana: la de un hombre que, armado de cincel y convicción, grabó su fe en la roca para que sobreviviera al silencio del bosque.