El brutal sistema de castigos del antiguo Egipto: de 100 golpes a la pena de muerte
Palizas públicas, mutilaciones, destierros y penas capitales aparecen documentados en distintas épocas, mientras el concepto de Maat situaba el orden y la justicia en el centro de la sociedad
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El antiguo Egipto dejó templos, tumbas y papiros capaces de reconstruir parte de su vida cotidiana, pero también testimonios de una justicia especialmente física. Sin un código penal escrito conocido, el mantenimiento del orden estaba vinculado a Maat, el principio que reunía ideas como verdad, equilibrio, armonía y justicia.
Documentos del Reino Nuevo, representaciones conservadas en Saqqara y testimonios procedentes de Deir el-Medina muestran un sistema en el que determinados delitos podían terminar con palizas, marcas, amputaciones, destierro e incluso la muerte.
Cien golpes y castigos que debían ser vistos
La información conservada no permite reconstruir con el mismo detalle la justicia de todas las etapas egipcias. Para los primeros periodos existen pocas evidencias, mientras que durante el Reino Antiguo el orden aparece en manos de funcionarios locales y sus propias fuerzas.
El conocimiento aumenta considerablemente para épocas posteriores, sobre todo gracias a los tribunales locales del Reino Nuevo.
En comunidades como Deir el-Medina, estos órganos podían estar integrados por personajes destacados de la población, entre ellos escribas, jefes de obreros, guardianes y policías.
También existieron tribunales relacionados con los templos, donde los oráculos podían intervenir en la determinación de la culpabilidad.
Entre las penas mejor documentadas estaban las palizas. Las fuentes del Reino Nuevo recogen castigos de 100 golpes, aplicados por delitos diversos.
El impago de impuestos y deudas podía conducir a ellos, pero también el robo y otras transgresiones.
No era necesariamente un castigo privado. Algunas representaciones muestran al condenado expuesto mientras recibía los golpes. La desnudez incrementaba la humillación y la ejecución pública de la pena servía además como advertencia para quienes la presenciaban.
Las imágenes funerarias aportan ejemplos muy anteriores. En tumbas de la VI Dinastía de Saqqara, como las de Khentika y Mereruka, aparecen escenas de personas sometidas a golpes.
Estudios bioarqueológicos realizados sobre restos de población de Elefantina también han identificado numerosas fracturas que han sido interpretadas como posibles consecuencias de fuertes palizas.
Marcas, amputaciones y un castigo que continuaba después
Las penas podían dejar consecuencias visibles durante el resto de la vida. Las fuentes del Reino Nuevo documentan el marcado corporal y señalan, por ejemplo, un castigo de cien golpes acompañado de diez marcas para quienes accedían sin autorización a una tumba, probablemente con intención de saquearla.
Más extrema era la amputación de la nariz y las orejas. Esta pena aparece asociada a delitos como determinadas formas de robo de propiedades de los templos, corrupción o intromisiones relacionadas con ofrendas y bienes vinculados al culto.
El castigo tenía una dimensión que iba más allá del momento de su ejecución. Una mutilación facial convertía al condenado en alguien reconocible posteriormente y podía acarrear hemorragias, infecciones y otros problemas físicos. También existen fuentes que apuntan a la amputación de una mano durante el Reino Nuevo.
Otra pena documentada fue el destierro a Kush, territorio situado al sur de Egipto. Algunas condenas combinaban previamente el corte de nariz y orejas con el envío del castigado lejos de su comunidad.
Los análisis bioarqueológicos han llevado incluso a plantear que algunos habitantes de Amara Oeste, en la Alta Nubia, pudieron ser desterrados sometidos a trabajos forzados, aunque se trata de una interpretación de las evidencias disponibles.
Cuando la condena terminaba con la muerte
El repertorio penal también incluía ejecuciones. El empalamiento está documentado durante el Reino Nuevo y aparece asociado, entre otros supuestos, a delitos relacionados con propiedades de los templos. Una representación de época de Merenptah muestra una figura empalada y apunta a la introducción de la estaca a través del abdomen.
También existen testimonios de la quema como pena capital y de condenados obligados a suicidarse. Uno de los episodios que mejor refleja la dureza de estas sanciones es la conspiración del harén contra Ramsés III.
El complot pretendía colocar a otro príncipe en el trono y el faraón murió tras sufrir un corte en la garganta.
Después del fracaso de la conspiración se constituyó un tribunal especial. Los responsables recibieron diferentes penas: algunos fueron condenados a muerte, otros pudieron suicidarse y también hubo sentencias de mutilación de nariz y orejas.
El elemento común a buena parte de estos castigos era su relación con la autoridad. Las transgresiones afectaban al orden social, pero también se entendían como una afrenta al poder del rey.
La pena corporal podía funcionar así como una demostración pública: los golpes eran contemplados por otras personas y quienes sobrevivían a una mutilación seguían mostrando sobre su propio cuerpo las consecuencias de haber quebrantado ese orden.