Faro azotado por una fuerte tormenta y oleaje.

El primer faro construido en mar abierto acabó tragado por una tormenta con su creador dentro

El faro que desafió al mar abierto y desapareció con su creador durante la gran tormenta de 1703

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Henry Winstanley levantó a finales del siglo XVII una torre sobre las peligrosas rocas de Eddystone, frente a Plymouth. El proyecto abrió un nuevo camino para la navegación, pero terminó de forma trágica cinco años después.

Construir un faro sobre una roca azotada por el mar ya supondría hoy un desafío considerable. A finales del siglo XVII parecía casi una temeridad. Henry Winstanley decidió intentarlo en Eddystone Rocks, un peligroso conjunto de rocas situado frente a Plymouth, en el suroeste de Inglaterra.

Allí consiguió levantar en 1698 una estructura que hizo historia: fue el primer faro construido sobre una pequeña roca en mar abierto. Apenas cinco años después, una de las mayores tormentas registradas en Gran Bretaña hizo desaparecer la torre con su creador dentro.

Un faro donde nadie se había atrevido a construirlo

Las rocas de Eddystone constituían un serio peligro para los barcos que navegaban por esta zona próxima al canal de la Mancha. El problema era evidente, pero colocar allí una señal permanente resultaba extraordinariamente complicado: había que trabajar directamente sobre unas rocas expuestas al oleaje y alejadas de tierra firme.

Winstanley comenzó las obras en 1696. Su proyecto desembocó en una torre de madera de planta octogonal, fijada a la roca. Trinity House, la autoridad responsable actualmente de los faros en Inglaterra, Gales y las islas del Canal, considera aquella construcción el primer faro levantado sobre una pequeña roca en mar abierto. La luz entró en servicio en noviembre de 1698.

El primer invierno demostró hasta qué punto el lugar podía castigar cualquier construcción. La torre necesitó reparaciones y Winstanley introdujo modificaciones importantes para reforzarla.

La estructura original fue ampliada hasta el punto de que algunas fuentes especializadas consideran aquella reforma prácticamente una segunda versión del mismo faro.

El proyecto tuvo además que superar un obstáculo que nada tenía que ver con el mar. Durante la construcción, en plena guerra entre Inglaterra y Francia, Winstanley fue capturado por un corsario francés. Tras recuperar la libertad pudo regresar y continuar las obras.

La tormenta de 1703 borró la torre de Eddystone

El desenlace llegó en noviembre de 1703. Winstanley se encontraba en Eddystone realizando trabajos en el faro cuando una tormenta de enorme violencia golpeó Inglaterra. La estructura no resistió.

El temporal arrancó la torre de las rocas y prácticamente no dejó rastro de ella. Winstanley murió en el desastre junto con los hombres que se encontraban en el faro.

Un grabado conservado por el Science Museum Group sitúa la destrucción en la terrible tormenta del 27 de noviembre de 1703 según el calendario utilizado entonces en Inglaterra.

La desaparición de la construcción, sin embargo, no acabó con la idea de señalizar Eddystone. El peligro para la navegación seguía exactamente en el mismo lugar y obligaba a buscar una solución más resistente.

Eddystone se convirtió en un laboratorio para los faros modernos

Después de Winstanley llegaron nuevas torres. John Rudyerd construyó otra que entró en servicio a comienzos del siglo XVIII y permaneció durante décadas hasta ser destruida por un incendio en 1755.

Más tarde, el ingeniero John Smeaton desarrolló una solución mucho más influyente: una torre de piedra terminada en 1759 cuya forma y técnicas constructivas se convirtieron en una referencia para la ingeniería de faros.

La historia continuó hasta la estructura actual. El faro que hoy señala las rocas de Eddystone es el construido por James Douglass y puesto en servicio en 1882. Tiene 49 metros de altura, fue automatizado y electrificado en 1982 y su luz alcanza actualmente unas 17 millas náuticas, según Trinity House.

Más de tres siglos después de aquella primera torre de madera, Eddystone sigue cumpliendo la misma función esencial que llevó a Winstanley hasta aquellas rocas: advertir a los navegantes de un obstáculo que durante siglos convirtió este tramo de mar en un desafío especialmente peligroso.

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