Mercator, el matemático que cambió los mapas para siempre hace casi 500 años: su invento todavía se utiliza
El cartógrafo flamenco publicó en 1569 una proyección que facilitó la navegación al representar sobre un plano una Tierra curva, aunque el método introducía importantes distorsiones en el tamaño de los territorios
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Representar la Tierra sobre una superficie plana es un problema que acompaña a la cartografía desde hace siglos. Mucho antes de los mapas modernos, los habitantes de Mesopotamia ya intentaron plasmar su visión del mundo en arcilla.
Pero fue en el siglo XVI cuando Gerardus Mercator desarrolló una solución matemática destinada a transformar la navegación: una proyección que permitía trasladar el planeta a un mapa de manera especialmente útil para los marinos.
Su mapamundi de 1569 marcó un punto de inflexión y convirtió el nombre de Mercator en uno de los más reconocibles de la historia de la cartografía.
De una tablilla de Babilonia a la necesidad de representar el planeta
Uno de los testimonios más antiguos conservados de una representación del mundo es una tablilla de arcilla babilónica custodiada actualmente por el British Museum. La institución la fecha en el siglo VI a. C. y señala que fue excavada en Abu Habba, la antigua Sippar, en el actual Irak.
El objeto mide apenas 12,2 centímetros de alto por 8,2 de ancho, pero ofrece una extraordinaria ventana a la forma en la que sus autores concebían su entorno. El mundo aparece como un disco rodeado por un anillo de agua, denominado en la inscripción como “Río Amargo”.
Babilonia está identificada junto al Éufrates y también aparecen otros lugares y territorios, entre ellos Asiria y Der.
No se trataba, sin embargo, de un mapa moderno pensado para calcular con exactitud distancias o seguir una ruta. En aquella representación convivían geografía y concepciones cosmológicas. El propio British Museum indica además que una nota de la tablilla señala que fue copiada de un documento anterior.
Durante los siglos siguientes, convertir el planeta en una imagen manejable plantearía una dificultad inevitable: la Tierra tiene una superficie curva y un mapa convencional es plano. Cualquier proyección obliga, por tanto, a introducir algún tipo de deformación.
Gerardus Mercator encontró una solución pensada para navegar
Ese problema ocupó a Gerard Kremer, más conocido por la forma latinizada de su nombre, Gerardus Mercator. Nacido en 1512, desarrolló su carrera como geógrafo, matemático y constructor de instrumentos hasta convertirse en una figura decisiva de la cartografía europea del Renacimiento.
Su gran aportación llegó en 1569. Mercator publicó un mapamundi construido mediante la proyección que acabaría llevando su apellido.
Lo fundamental no estaba en reproducir sin alteraciones las proporciones de continentes y océanos, algo imposible al pasar una superficie curva a un plano, sino en resolver una necesidad práctica de la navegación.
La proyección conserva los ángulos localmente. Eso permite que una ruta de rumbo constante, conocida como loxodromia, aparezca representada mediante una línea recta. Para los navegantes que trabajaban con brújulas, aquella característica convertía el mapa en una herramienta particularmente valiosa.
El avance tenía un precio. La escala aumenta conforme se avanza hacia los polos, de manera que las regiones situadas en latitudes elevadas aparecen progresivamente agrandadas.
Esa característica explica algunas de las imágenes del mundo a las que generaciones enteras se han acostumbrado.
Una proyección del siglo XVI que sobrevivió a Mercator
La influencia de Mercator no terminó con aquel mapa. Su apellido quedó unido definitivamente a una manera de representar el planeta y también a la historia de los atlas. En la etapa final de su vida trabajó en un amplio proyecto cartográfico para describir el mundo mediante mapas.
La proyección de 1569 sobrevivió porque resolvía con eficacia una cuestión concreta, no porque ofreciera una reproducción perfecta de la superficie terrestre.
Los mapas planos siempre deben sacrificar alguna propiedad: áreas, distancias, formas o direcciones pueden sufrir alteraciones dependiendo del sistema elegido.
Esa limitación permite entender la enorme distancia entre la pequeña tablilla encontrada en Sippar y el trabajo de Mercator.
Ambas representan el mundo conocido desde perspectivas radicalmente distintas, pero responden a una misma aspiración humana: convertir un territorio inmenso y complejo en una imagen que pueda leerse, interpretarse y utilizarse.