El terremoto que arrasó Lisboa en 1755 y dejó miles de víctimas en Andalucía en solo minutos
Un desastre de seis minutos que arrasó ciudades enteras
A las 09:40 de la mañana del 1 de noviembre de 1755, mientras miles de personas asistían a las celebraciones de Todos los Santos, un terremoto con una magnitud estimada de entre 8,5 y 9 sacudió el Atlántico frente a la península ibérica.
El epicentro se localizó en la falla Azores-Gibraltar y el impacto fue inmediato sobre Lisboa, el sur de Portugal, el oeste de Andalucía y parte del norte de África. La capital portuguesa quedó prácticamente destruida y el desastre se convirtió en una de las mayores catástrofes naturales de la historia europea.
El seísmo duró cerca de seis minutos, un tiempo excepcional para un terremoto de esa intensidad. Las calles de Lisboa se abrieron con grietas de varios metros y cientos de edificios se desplomaron en cuestión de segundos.
Iglesias, conventos y edificios públicos se vinieron abajo sobre miles de personas que participaban en las ceremonias religiosas del día festivo.
La tragedia no terminó con el temblor. Las velas encendidas en los altares provocaron incendios simultáneos en numerosos puntos de la ciudad. Las llamas avanzaron sin control durante casi una semana y terminaron de destruir barrios enteros que habían sobrevivido al terremoto inicial.
Minutos después llegó el tercer golpe. El mar retrocedió de forma repentina en la desembocadura del Tajo y muchas personas corrieron hacia los muelles pensando que estaban a salvo. Poco después aparecieron olas gigantes que alcanzaron entre seis y quince metros de altura y arrasaron el litoral portugués y buena parte de la costa atlántica andaluza.
Huelva y Cádiz sufrieron algunas de las peores consecuencias en España
El impacto del tsunami fue especialmente grave en la provincia de Huelva, donde varias localidades quedaron devastadas. En Ayamonte murieron cerca de mil personas y en Lepe fallecieron alrededor de cuatrocientas. Gran parte de la flota pesquera quedó destruida y numerosas zonas de marismas desaparecieron bajo el agua.
Las olas también golpearon con violencia la costa de Cádiz. En la capital gaditana, el agua superó las murallas defensivas y arrastró barcos y bloques de piedra hacia el interior de la ciudad.
Algunas crónicas sitúan las olas entre diez y quince metros de altura. El número de muertos varía según las fuentes históricas, aunque se calcula que pudo situarse entre doscientas y mil personas. En localidades costeras como Conil, el agua penetró varios cientos de metros tierra adentro.
Más al interior, ciudades como Sevilla sintieron el terremoto con gran intensidad. El movimiento provocó daños en edificios históricos y escenas de pánico entre la población.
En Málaga, las celebraciones religiosas se interrumpieron abruptamente por los temblores y varios inmuebles sufrieron derrumbes parciales.
Los historiadores estiman que en territorio español murieron más de cinco mil personas como consecuencia del terremoto y del tsunami posterior. El desastre alteró durante años la economía marítima y obligó a reconstruir infraestructuras portuarias y defensas costeras en numerosos puntos del sur peninsular.
El desastre impulsó el nacimiento de la sismología moderna
La destrucción de Lisboa tuvo también consecuencias políticas, científicas y filosóficas. El primer ministro portugués, el Marqués de Pombal, organizó una de las primeras investigaciones sistemáticas sobre un terremoto.
Ordenó enviar cuestionarios a todo el país para recopilar información sobre la hora exacta del seísmo, las réplicas, los daños y el comportamiento de los animales antes de la catástrofe.
Ese trabajo de recopilación de datos es considerado uno de los antecedentes directos de la sismología moderna. Pombal dirigió además la reconstrucción de Lisboa con criterios urbanísticos inéditos para la época. La nueva ciudad incorporó calles más amplias y edificios con estructuras internas de madera diseñadas para resistir futuros terremotos.
El impacto intelectual fue igual de profundo. Pensadores ilustrados como Voltaire utilizaron la tragedia para cuestionar la idea de que el mundo respondía a un orden divino perfecto. Otros autores, como Jean-Jacques Rousseau, atribuyeron parte del desastre a la concentración urbana y a la fragilidad de las construcciones.
El terremoto de Lisboa abrió un debate que marcó la filosofía europea de la segunda mitad del siglo XVIII.