El viaje secreto del Museo del Prado, cómo el arte español sobrevivió a la Guerra Civil
Cuando Goya, Velázquez y El Greco huyeron de las bombas: la odisea del Prado en 1939
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Entre el 1 de junio y el 31 de agosto de 1939, la ciudad de Ginebra fue testigo de un suceso histórico sin precedentes. Durante aquel verano previo a la Segunda Guerra Mundial, las salas del Museo de Arte e Historia suizo acogieron una muestra extraordinaria, eran 174 pinturas y 21 tapices del Museo del Prado, trasladados desde España tras una odisea marcada por el fuego de la Guerra Civil.
Obras maestras de insignes pintores como Goya, Velázquez, Tiziano, El Bosco, El Greco o Rubens formaron parte de una exposición visitada por más de 340.000 personas, un hito cultural que solo fue posible gracias al valor de quienes decidieron proteger el arte en medio del caos.
Cuando en julio de 1936 estalló la Guerra Civil, el patrimonio artístico español se vio en un serio y grave peligro. Madrid, asediada por la artillería franquista, sufría bombardeos que alcanzaban instituciones como la Biblioteca Nacional y los Museos Arqueológico y Antropológico.
Ante el riesgo inminente, el Gobierno de la Segunda República creó la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, encabezada por el pintor Timoteo Pérez Rubio, encomendándosele la misión de salvar las obras más valiosas del país.
El Museo del Prado, corazón del arte español, fue cerrado al público y sus lienzos, embalados cuidadosamente y cubiertos con mantas en los sótanos del edificio. El propio presidente de la República, Manuel Azaña, resumió la magnitud de la tarea con una frase que marcaría la historia al decir: “El Prado es más importante que la República y la Monarquía, porque estas pueden repetirse, pero sus obras son insustituibles”.
El primer éxodo: de Madrid a Valencia
En noviembre del año 1936, el Ministerio de Instrucción Pública ordenó el traslado de las obras a Valencia, ciudad entonces más segura y sede provisional del Gobierno republicano.
Pese a la urgencia y la precariedad, un grupo de funcionarios, artistas y voluntarios —entre ellos estaban María Teresa León y Rafael Alberti— se encargó de los primeros envíos.
No obstante la falta de materiales y experiencia provocó daños en algunos lienzos, como el Conde Duque de Olivares a caballo de Velázquez o el Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano.
Para evitar nuevas pérdidas, un equipo de restauradores y carpinteros, dirigido por los hermanos Macarrón, perfeccionó enormemente el embalaje con capas de papel, tela y madera a medida.
Entre diciembre del año 1936 y febrero de 1937, 70 camiones transportaron 390 pinturas y 180 dibujos, junto con tesoros del Escorial y del Palacio Real, a lo largo de un trayecto de 350 kilómetros que se recorría en 32 horas bajo estrictas medidas de seguridad.
En Valencia, las obras se almacenaron en el Colegio del Patriarca y las Torres de Serranos, adaptadas con bóvedas de hormigón a fin de poder resistir los bombardeos. Allí, las autoridades republicanas recibieron la visita de expertos del British Museum y de la Wallace Collection, que certificaron el excelente estado de conservación del conjunto.
Segundo viaje: hacia Cataluña y el exilio
El avance del ejército franquista obligó a un nuevo traslado en marzo del año 1938. El convoy, cargado con obras maestras como Las Meninas o Los fusilamientos del 3 de mayo, partió con dirección a Cataluña en condiciones extremas.
Durante el trayecto, un bombardeo en Benicarló dañó diversos cuadros de Goya, que fueron restaurados de emergencia por el conservador Manuel Arpe en la cocina del Castillo de Perelada, mientras las bombas caían a muy pocos kilómetros.
Con la guerra prácticamente perdida, las obras se refugiaron en la mina de La Vajol y en el Castillo de Figueres, a pocos kilómetros de la frontera francesa. Allí, los responsables de su custodia aguardaban una salida que no dependía ya del Gobierno republicano, lo eran de la Sociedad de Naciones.
Gracias a la mediación del pintor catalán Josep Maria Sert, con vínculos tanto con Franco como con los grandes museos internacionales, se formó el Comité Internacional para el Salvamento de los Tesoros de Arte Españoles, que garantizó la seguridad así como de la posterior devolución de las obras.
El 3 de febrero del año 1939, con Barcelona recién caída, el comité firmó en Figueres el acuerdo para evacuar los fondos del Prado. Durante varios días, los camiones que transportaban los lienzos avanzaron entre columnas de exiliados con destino Francia. Algunas piezas cruzaron los Pirineos a hombros de voluntarios, envueltas en muchas mantas y protegidas del frío.
El 14 de febrero, tras cinco días de viaje, las cajas llegaron a Ginebra, donde fueron abiertas en presencia de los técnicos de la Sociedad de Naciones. Todo el inventario estaba completo y en perfecto estado.
Un mes más tarde, el Gobierno franquista aceptó su exposición pública, y durante trece semanas, Europa pudo admirar en Suiza el testimonio de un país que, incluso en la guerra, decidió salvar su alma plasmada a través del arte.
Cuando en septiembre del año 1939 las obras regresaron finalmente a Madrid, el mundo ya se encontraba al borde de otro conflicto global. Pero el Prado, gracias al sacrificio de tantos, seguía muy vivo.