Desde una colina el caudillo musulmán Saladino divisa Jerusalén.
Saladino en la batalla por Jerusalén.

La batalla que sentenció a Jerusalén y acabó con el sueño cruzado

La conquista de Saladino en 1187 cerró el ciclo del reino cruzado y alteró el equilibrio político y religioso de Oriente Próximo

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Jerusalén, centro espiritual para judíos, cristianos y musulmanes, fue durante siglos uno de los territorios más disputados del Mediterráneo oriental. Su valor no residía únicamente en la posición estratégica, sino en el peso religioso que acumulaba para las tres grandes religiones monoteístas.

Bizantinos, califas musulmanes y reyes cruzados lucharon por controlarla en una sucesión de asedios y conquistas que marcaron la Edad Media. La caída definitiva de la ciudad en manos de Saladino en 1187 puso fin al dominio cristiano iniciado tras la Primera Cruzada y abrió una nueva etapa en la historia de Tierra Santa.

Jerusalén: una ciudad sagrada para judíos, cristianos y musulmanes

La importancia de Jerusalén se remonta a la Antigüedad. En la tradición judía era el lugar del Templo de Salomón y el principal símbolo espiritual del pueblo hebreo desde mucho antes de la destrucción romana del año 70.

Para el cristianismo, la ciudad quedó asociada a la predicación, muerte y resurrección de Jesús. Los musulmanes, por su parte, la incorporaron pronto a su imaginario religioso al considerar que Mahoma ascendió desde allí a los cielos.

Cuando el califa Úmar ibn al-Jattab conquistó Jerusalén en 638, el mundo bizantino atravesaba un fuerte desgaste militar tras décadas de guerra contra los persas sasánidas. La toma de la ciudad consolidó el avance del islam por Oriente Próximo y convirtió a Jerusalén en uno de los grandes símbolos del nuevo poder musulmán junto a La Meca y Medina.

Durante los siglos siguientes, la ciudad permaneció bajo dominio islámico mientras Europa occidental vivía un periodo de fragmentación política. La situación cambió a finales del siglo XI, cuando el papado impulsó la Primera Cruzada con el objetivo declarado de recuperar los Santos Lugares.

La expedición culminó en julio de 1099 con la conquista de Jerusalén por los cruzados tras un asedio especialmente sangriento.

La victoria permitió fundar el Reino de Jerusalén, un estado cristiano sostenido por nobles europeos, órdenes militares y peregrinos llegados desde Occidente. Sin embargo, la realidad del nuevo reino estaba lejos de la imagen idealizada difundida en Europa.

El frágil reino cruzado en Tierra Santa

Jerusalén era una ciudad pobre, con escasos recursos agrícolas y alejada de las principales rutas comerciales del Mediterráneo. Además, buena parte de la población musulmana y judía había sido expulsada o ejecutada tras la conquista cruzada, lo que redujo todavía más la actividad económica.

El mantenimiento del reino dependía en gran medida de las peregrinaciones cristianas y de la ayuda militar llegada desde Europa. Las órdenes militares, como los templarios y los hospitalarios, adquirieron un enorme poder político y económico. Con el tiempo llegaron a actuar con autonomía frente a la propia monarquía de Jerusalén.

A mediados del siglo XII comenzaron los problemas más graves para los estados cruzados. La Segunda Cruzada fracasó en su intento de recuperar posiciones frente a los musulmanes y dejó en evidencia la debilidad militar cristiana en Oriente.

Al mismo tiempo, el dirigente musulmán Saladino consiguió unificar Egipto y Siria bajo su autoridad, creando una fuerza capaz de desafiar a los cruzados.

La situación empeoró con el reinado de Balduino IV. El monarca, afectado por la lepra desde la infancia, heredó un territorio dividido por luchas internas y cada vez más aislado. Tras su muerte en 1185, las disputas entre facciones aceleraron la crisis política mientras Saladino preparaba la ofensiva definitiva.

El asedio de Jerusalén de 1187 y la victoria de Saladino

El golpe decisivo llegó el 4 de julio de 1187 en la batalla de los Cuernos de Hattin. El ejército cruzado fue destruido casi por completo y miles de combatientes murieron o fueron capturados. La derrota dejó Jerusalén prácticamente indefensa.

Saladino inició el asedio de la ciudad en septiembre de ese mismo año. Dentro de las murallas apenas quedaban soldados profesionales. La defensa fue organizada por Balian de Ibelin, uno de los pocos nobles que había sobrevivido a Hattin. Durante varios días, la población resistió los ataques musulmanes mientras las fuerzas de Saladino abrían brechas en las defensas.

Finalmente, los dirigentes cristianos aceptaron negociar la rendición para evitar una matanza mayor. Saladino permitió que parte de la población pudiera abandonar Jerusalén a cambio del pago de rescates, aunque muchos habitantes terminaron vendidos como esclavos al no poder reunir dinero suficiente.

La caída de Jerusalén provocó una conmoción inmediata en Europa. El papado respondió convocando la Tercera Cruzada, en la que participaron monarcas como Ricardo Corazón de León. Sin embargo, pese a varias campañas militares posteriores, los cruzados nunca recuperaron de forma estable la Ciudad Santa.

Desde entonces, Jerusalén volvió a quedar bajo control musulmán y el Reino de Jerusalén sobrevivió únicamente de manera simbólica lejos de la ciudad que le daba nombre.