Ciudad con altas murallas construida por los íberos, las oppidas.
Ciudad fortificada por los íberos (Recreación).

Las enormes ciudades amuralladas que construyeron los íberos hace más de 2.000 años

Las ciudades fortificadas de los íberos que podían levantar murallas de hasta 12 metros de altura

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Los oppida transformaron el paisaje de la península ibérica con un diversidad de recintos amurallados, torres y una organización urbana que concentraba viviendas, talleres y espacios de poder.

Puente Tablas, en la provincia de Jaén, conserva algunas de las claves para entender cómo funcionaban estos asentamientos.

Levantar una ciudad fortificada hace más de dos milenios requería el tener que movilizar recursos y conocimientos a gran escala.

Los íberos construyeron asentamientos amurallados conocidos como oppida, que eran auténticos centros urbanos y de poder que modificaron la forma de ocupar el territorio.

Lugares como Puente Tablas, en Jaén, permiten conocer una arquitectura defensiva en la que las murallas podían alcanzar alturas extraordinarias y, en determinados casos, mostrarse completamente revestidas y pintadas.

Del campo a una ciudad protegida por murallas

El término latino oppidum —oppida en plural— se utiliza para identificar asentamientos fortificados, aunque su significado histórico no corresponde a una categoría jurídica única. En el ámbito ibérico, estos núcleos estuvieron ligados a un importante cambio en la organización de las comunidades.

Hacia el siglo VII a. C., poblaciones anteriormente distribuidas en pequeños asentamientos comenzaron a concentrarse alrededor de enclaves estratégicos. Se buscaban posiciones elevadas, con posibilidades defensivas y próximas a tierras fértiles o recursos minerales.

El resultado fue un modelo que puede entenderse como una ciudad-Estado: un núcleo amurallado que ejercía influencia sobre el territorio de su entorno y reunía a agricultores, artesanos, comerciantes y guerreros bajo estructuras sociales dominadas por grupos aristocráticos.

Las dimensiones variaban considerablemente. Muchos oppida ocupaban entre cinco y diez hectáreas, mientras que el crecimiento demográfico registrado posteriormente favoreció ampliaciones y nuevos asentamientos. Algunos llegaron a alcanzar alrededor de 20 hectáreas.

Calcular cuántas personas vivían dentro de estas ciudades resulta complejo. Las estimaciones sitúan entre 1.000 y 2.500 habitantes a los núcleos medianos, mientras que los de mayores dimensiones pudieron acercarse a los 4.000.

Murallas de piedra y adobe que podían alcanzar los 12 metros

La construcción de las defensas suponía un esfuerzo colectivo considerable. Primero era necesario extraer grandes bloques de piedra, trasladarlos desde las canteras y preparar una cimentación capaz de sostener una estructura de varios metros.

Sobre esa base se levantaban muros de mampostería irregular, con piedras unidas mediante barro. Varias líneas paralelas podían rellenarse con tierra y piedras más pequeñas para conseguir una estructura mucho más gruesa y resistente.

La parte pétrea podía alcanzar unos dos o tres metros. Encima se levantaba otro cuerpo construido con adobe que llevaba determinadas fortificaciones hasta siete u ocho metros. En algunos casos, la combinación de los diferentes elementos permitía que la muralla llegase aproximadamente a los diez o doce metros de altura.

Las defensas tampoco consistían en una pared aislada. Incorporaban torreones macizos colocados a diferentes distancias, capaces de funcionar como contrafuertes y, al mismo tiempo, proporcionar posiciones adelantadas desde las que defender frontal y lateralmente el recinto.

El acabado exterior tenía también una función práctica. Las paredes podían enlucirse para cubrir irregularidades y dificultar que un atacante encontrase puntos de apoyo para escalar. En Puente Tablas se han identificado restos de revestimientos que muestran que determinadas superficies estuvieron pintadas, entre ellas zonas de color rojo.

Así era la vida detrás de las fortificaciones

Tras las murallas existía una planificación urbana. El acceso se realizaba mediante puertas fortificadas, normalmente protegidas por torreones laterales y suficientemente amplias para permitir el paso de personas, animales y carros.

Calles y muros principales ordenaban las manzanas y separaban diferentes áreas. En los asentamientos más complejos podían distinguirse barrios, zonas artesanales, espacios religiosos y sectores vinculados a las élites aristocráticas.

Las viviendas seguían generalmente plantas cuadrangulares y estaban compartimentadas. Una casa corriente podía disponer de unos 70 metros cuadrados útiles, con un patio como centro de la actividad familiar, además de cocina, dormitorios y espacios destinados al almacenamiento.

La agricultura ocupaba un papel esencial. Incluso las viviendas asociadas a sectores sociales acomodados mantenían actividades productivas: allí se podía transformar cereal en harina, elaborar vino y almacenar alimentos.

La llegada de Roma alteró este modelo. Algunos oppida fueron abandonados y su población pasó a pequeños núcleos rurales, mientras otros aumentaron su tamaño y concentración demográfica. Aquellas ciudades amuralladas habían sido, durante siglos, mucho más que fortalezas: concentraban población, producción y poder dentro de un paisaje cuidadosamente organizado.