Perrita Laika.

Los animales olvidados que viajaron al espacio antes que el hombre, la historia nunca se contó

Los secretos más tristes de la carrera espacial: los animales que murieron para que el hombre llegara a la Luna

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En julio del año 1969, la humanidad contuvo el aliento cuando Neil Armstrong pronunció su célebre frase al pisar la Luna: “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”.

No obstante mucho antes de que el Apolo 11 dejara su huella en el polvo lunar, decenas de criaturas habían abierto el camino en silencio. Perros, monos, ratas, gatos e incluso tortugas protagonizaron una etapa fundamental —y a menudo de forma trágica— de la carrera espacial. Sus viajes, realizados en nombre de la ciencia, significaron sacrificios que el mundo apenas recuerda.

Durante los años más tensos de la Guerra Fría, la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética convirtió el espacio en un nuevo campo de batalla y rivalidad.

Antes de arriesgar vidas humanas, los científicos necesitaban saber si era posible sobrevivir a la ingravidez, la radiación y la presión extrema del despegue. Los primeros en probarlo no fueron astronautas, fueron animales que viajaron sin elección ni gloria.

El inicio de esta historia se remonta al año 1947, cuando Estados Unidos lanzó al espacio moscas de la fruta a bordo de un cohete V-2. Su breve misión buscaba medir los efectos de la radiación en organismos vivos. Poco después, los experimentos se trasladaron a especies más complejas tales como los primates.

En  el año 1948, Albert I, un mono rhesus, fue el primero en subir a una cápsula experimental. Murió antes de alcanzar el espacio debido a un fallo técnico.

Su sucesor, Albert II, logró superar la línea de Kármán —límite que marca el inicio del espacio—, pero pereció al estrellarse la cápsula en la reentrada. Entre los años 1948 y 1961, más de una docena de monos fueron enviados al espacio; pocos sobrevivieron.

Dos chimpancés, sin embargo, dejaron su nombre en la historia, ellos fueron Ham y Enos. Ham fue entrenado para manipular controles y realizar tareas durante el vuelo Mercury-Redstone 2 en el año 1961.

Su éxito validó los sistemas que luego usaría Alan Shepard, el primer estadounidense en el espacio. Enos, lanzado meses después, completó dos órbitas alrededor de la Tierra, aunque murió poco después a causa de una infección.

Las heroínas soviéticas: Laika, Belka y Strelka

Mientras tanto, la Unión Soviética apostó por perros callejeros de Moscú, elegidos por su resistencia. En noviembre del año 1957, Laika fue la primera criatura en orbitar la Tierra a bordo del Sputnik 2.

Los soviéticos afirmaron inicialmente que había muerto sin sufrir, no era verdad, décadas después se reveló que falleció pocas horas después del lanzamiento por sobrecalentamiento.

El destino de Laika despertó una ola de indignación internacional y abrió el debate sobre los límites éticos de la experimentación. No obstante otras misiones tuvieron un desenlace distinto.

En el año 1960, las perras Belka y Strelka completaron 24 horas en órbita y regresaron sanas junto a ratones y plantas. Strelka incluso tuvo crías meses después, y una de ellas fue obsequiada al presidente John F. Kennedy, en un gesto de distensión diplomática.

Otros viajeros olvidados del cosmos

No solo las potencias principales participaron en esta etapa experimental. En el año 1963, Francia lanzó a Félicette, una gata callejera que sobrevivió a un vuelo suborbital. Sin embargo, fue sacrificada poco después para examinar su cerebro, un procedimiento hoy considerado inaceptable.

Un lustro más tarde, la misión soviética Zond 5 transportó tortugas, gusanos y semillas alrededor de la Luna. Las tortugas sobrevivieron al viaje y regresaron con vida, convirtiéndose en los primeros seres vivos en completar una órbita lunar.

China, por su parte, lanzó ratones; de nuevo Estados Unidos, ranas; y la URSS, conejillos de Indias. Todos formaron parte de una red de pruebas biológicas que ayudó a perfeccionar las misiones tripuladas.

Ética y memoria: una deuda pendiente

Durante décadas, los nombres de estos animales quedaron relegados a notas marginales en la historia de la exploración espacial. Solo recientemente, museos, exposiciones y homenajes han tratado o intentado rescatar su memoria.

En la ciudad de Moscú, una estatua recuerda a Laika; en Estados Unidos, una placa honra a Ham. Sin embargo, los expertos coinciden en que muchos de estos experimentos no superarían hoy los estándares éticos actuales.

Las normativas internacionales —como fue el Convenio Europeo para la Protección de los Animales Vertebrados— exigen que la experimentación animal solo se realice cuando no existan alternativas. En los años cincuenta y sesenta, esa sensibilidad simplemente no existía.

Los animales del espacio fueron, en muchos sentidos, héroes involuntarios. Sin su contribución, el sueño de pisar la Luna habría tardado mucho más en concretarse.

Pero su historia recuerda que la exploración científica, por gloriosa que sea, también tiene un alto costo moral. Aquellos pequeños cuerpos lanzados hacia el vacío ayudaron a que el hombre diera su gran salto. Para ellos, sin embargo, fue el último.

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