Asesinos caníbales.

Los asesinos que se comieron a sus víctimas: qué llevó a estos criminales a cruzar el último límite

José Luis Calva, Issei Sagawa, Leonarda Cianciulli, Richard Chase y Armin Meiwes protagonizaron algunos de los casos más perturbadores del siglo XX

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El canibalismo ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. Restos hallados en yacimientos prehistóricos del norte de España muestran marcas compatibles con el descarnamiento y consumo de cadáveres humanos.

Pero cuando esta conducta aparece en contextos criminales contemporáneos, la explicación resulta mucho más compleja. Lejos de responder a un patrón único, los especialistas han vinculado estos actos a trastornos mentales graves, impulsos sexuales, estrategias para ocultar pruebas o dinámicas extremas de dominación sobre las víctimas.

Algunos de los episodios más conocidos permiten comprender la diversidad de motivaciones presentes en este tipo de delitos.

Delirio, violencia y necesidad de control

Uno de los casos más mediáticos fue el del mexicano José Luis Calva Zepeda. Cuando la policía registró su vivienda tras un intento de fuga, encontró restos humanos desmembrados repartidos entre el congelador, armarios y bolsas de basura. Hasta ese momento, Calva proyectaba una imagen aparentemente normal y cultivaba una identidad pública vinculada a la escritura.

Diversos expertos señalaron que su infancia estuvo marcada por el maltrato físico y psicológico. La ausencia de afecto materno y la violencia sufrida durante su desarrollo fueron interpretadas como factores que pudieron influir en la construcción de una personalidad cargada de resentimiento.

Algunos criminólogos sostuvieron que los asesinatos y posteriores actos de canibalismo tenían para él un significado simbólico relacionado con la figura materna y su hostilidad hacia las mujeres.

Otro perfil distinto fue el del estadounidense Richard Chase, conocido como el "Vampiro de Sacramento". Diagnosticado con esquizofrenia paranoide y consumidor habitual de sustancias como LSD, marihuana y alcohol, desarrolló una obsesión enfermiza con la sangre y sus supuestas propiedades curativas.

Tras sacrificar animales y consumir parte de sus restos, comenzó a asesinar personas. En apenas un mes acabó con la vida de seis víctimas, incluyendo una mujer embarazada y un bebé.

En sus crímenes coexistieron mutilaciones, agresiones sexuales y la ingesta de sangre y órganos humanos. En este caso, el deterioro psiquiátrico aparece como un elemento central para comprender la escalada de violencia.

Entre la obsesión sexual y el beneficio económico

El japonés Issei Sagawa protagonizó uno de los sucesos más conocidos internacionalmente. Desde joven reconoció fantasías persistentes relacionadas con el consumo de carne humana. Durante su estancia en París asesinó a la estudiante neerlandesa Renée Hartevelt después de que esta rechazara sus avances sentimentales.

Posteriormente practicó necrofilia, desmembró el cadáver y consumió parte del cuerpo. Alegó padecer una alteración mental y permaneció un corto periodo encarcelado antes de regresar a Japón. Para él, aquellos actos llegaron a ser descritos como una expresión distorsionada del amor y la posesión absoluta.

Muy diferente fue el caso de la italiana Leonarda Cianciulli. Vecinos y conocidos la describían como una mujer amable y apreciada. Sin embargo, asesinó a tres mujeres mayores tras ganarse su confianza y obtener el control de sus bienes.

Después de drogarlas y matarlas, utilizó la grasa corporal para fabricar jabón y la sangre desecada para elaborar pastas dulces. Algunos cronistas atribuyeron sus crímenes a creencias supersticiosas relacionadas con la protección de sus hijos; otros defendieron que actuó impulsada principalmente por intereses económicos.

El caso que cuestionó los límites del consentimiento

En Alemania, Armin Meiwes llevó el canibalismo criminal a un terreno inédito. Publicó anuncios en internet buscando a un hombre dispuesto a ser sacrificado y consumido. Finalmente encontró a Bernd Brandes, quien aceptó participar voluntariamente.

Ambos planificaron el encuentro durante semanas y grabaron gran parte de lo ocurrido. Tras provocar graves mutilaciones, Meiwes acabó con la vida de Brandes, descuartizó el cuerpo y almacenó la carne para consumirla durante meses.

El caso abrió un intenso debate jurídico sobre el consentimiento y sus límites cuando una conducta desemboca en homicidio. También evidenció que, incluso en los comportamientos criminales más extremos, las motivaciones pueden responder a impulsos profundamente distintos entre sí.

Detrás de cada uno de estos nombres no existe una explicación universal. Lo que sí muestran estos expedientes es que el canibalismo asociado al asesinato constituye una manifestación excepcional de violencia en la que confluyen enfermedad mental, sexualidad patológica, codicia o necesidad de dominio absoluto sobre la víctima.

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