El origen del nombre de los meses del año.

Por qué septiembre y los meses del año se llaman así: la explicación está en la antigua Roma

Enero recuerda a un dios romano, marzo a Marte y julio a Julio César. Pero la pista más llamativa está entre septiembre y diciembre: sus nombres conservan una numeración que ya no coincide con el lugar que ocupan

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Mirar un calendario parece un gesto cotidiano, pero sus doce meses conservan rastros de más de dos mil años de cambios políticos, religiosos y astronómicos. Roma, Julio César, Augusto, Jano y Marte siguen presentes, de una forma u otra, cada vez que escribimos una fecha.

Incluso algunas aparentes incoherencias —septiembre es el noveno mes pese a que su nombre remite al siete— tienen una explicación histórica. El calendario actual no nació de una sola reforma: es el resultado de sucesivas modificaciones sobre sistemas anteriores.

La explicación de septiembre, octubre, noviembre y diciembre está en marzo

La tradición romana atribuye a Rómulo, el legendario primer rey de Roma, un calendario compuesto por diez meses. Aquel año comenzaba en marzo y terminaba en diciembre, mientras una parte del invierno quedaba fuera de los meses contabilizados. Las reconstrucciones del antiguo calendario sitúan su duración en 304 días.

Ese antiguo orden permite entender algo que hoy resulta extraño. Septiembre procede de septem, siete; octubre, de octo, ocho; noviembre, de novem, nueve; y diciembre, de decem, diez. En un calendario cuyo primer mes era marzo, las cuentas encajaban.

La situación cambió cuando se incorporaron enero y febrero, una reforma que la tradición romana atribuyó a Numa Pompilio, sucesor de Rómulo.

El calendario pasó así a contar con doce meses, pero los nombres numéricos de los cuatro últimos sobrevivieron. Por eso septiembre terminó ocupando la novena posición sin dejar de llevar un nombre relacionado con el número siete.

Los propios nombres muestran hasta qué punto religión y organización del tiempo estaban conectadas.

Enero procede de Ianuarius y está vinculado a Jano, divinidad romana asociada a los comienzos y las transiciones.

Febrero se relaciona con Februa, unas prácticas romanas de purificación.

Marzo, por su parte, tomó su nombre de Marte, dios romano de la guerra.

Julio César cambió las reglas y acabó dando nombre a un mes

El calendario republicano continuaba planteando un problema práctico: no encajaba de forma estable con las estaciones. Su año ordinario tenía 355 días y recurría a un mes intercalar para corregir el desfase.

La decisión de introducirlo correspondía a las autoridades religiosas romanas, un mecanismo que podía prestarse también a manipulaciones políticas.

La gran transformación llegó con Julio César. Con el asesoramiento del astrónomo alejandrino Sosígenes, impulsó un calendario solar que entró en vigor en el 45 a. C. El sistema estableció años ordinarios de 365 días y añadió periódicamente un día adicional: la base del año bisiesto juliano.

César también quedó literalmente incorporado al calendario. Quintilis, que había sido el quinto mes cuando el año comenzaba en marzo, fue rebautizado como Julius en el 44 a. C., origen del actual julio.

Augusto también dejó su nombre y Roma permaneció en los doce meses

La operación se repitió décadas después. Sextilis, antiguo sexto mes romano, pasó a llamarse Augustus en honor del emperador Augusto en el 8 a. C. De ahí procede agosto.

Otros nombres mantuvieron referencias religiosas mucho más antiguas. Mayo se relaciona probablemente con Maia y junio con Juno, mientras que abril presenta una etimología más discutida.

Lo que permanece fuera de duda es que la nomenclatura actual mezcla dioses, dirigentes y antiguos números romanos.

El calendario juliano tampoco era astronómicamente perfecto. Su sistema introducía demasiados años bisiestos a muy largo plazo, provocando un desplazamiento gradual respecto a los acontecimientos astronómicos.

Esa acumulación terminaría impulsando siglos después la reforma gregoriana de 1582.

El origen es realmente curioso:

Enero: Por Jano (Januarius), el dios de las puertas, los comienzos así como de los finales.

Febrero: Por las fiestas de purificación (llamadas februa) que se hacían en Roma en esa fecha.

Marzo: Por Marte, el dios de la guerra y de la vida en el campo.

Abril: Viene de aperire (o abrir), porque es cuando se abren las flores de primavera.

Mayo: Por Maya, la diosa de la fertilidad y el crecimiento

.Junio: Por Juno, la reina de los dioses y protectora de la familia.

Julio: Renombrado en honor a Julio César, ya que nació en este mes.

Agosto: Renombrado en honor al emperador César Augusto.

Septiembre: Viene de septem (siete), porque era el séptimo mes.

Octubre: Viene de octo (de ocho), porque era el octavo mes.

Noviembre: Viene de novem (nueve), porque era el noveno mes.

Diciembre: Viene de decem (diez), porque era el décimo mes.

Por eso, cuando hoy aparecen juntos enero, febrero, marzo o diciembre en una pantalla, no estamos viendo nombres elegidos siguiendo un único criterio. Son capas de distintas épocas que sobrevivieron a reformas sucesivas.

Y la anomalía más visible permanece delante de nosotros: septiembre sigue significando, por su raíz latina, “séptimo”, aunque desde hace siglos ocupe el puesto número nueve.

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