"Virgen de Hielo" o "Princesa de Ukok".

Revelan nuevos secretos de la 'Virgen de hielo' del Altái, la momia que Rusia convirtió en símbolo nacional

a princesa congelada del Altái: una momia de 2.400 años que cambió la historia de Siberia para siempre

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En las gélidas alturas del macizo del Altái, una momia descubierta en el año 1993 transformó la arqueología y reavivó las tensiones entre la ciencia y las creencias ancestrales.

Se trata de la llamada “Princesa de Ukok”, una mujer escita de más de 2.400 años de antigüedad, hallada en un extraordinario y perfecto estado de conservación en el altiplano de Ukok, una meseta siberiana donde el permafrost preservó sus rasgos, tatuajes y vestimentas.

Desde aquel hallazgo, su figura se ha convertido en un símbolo de la identidad de los pueblos de la zona así como una referencia espiritual y política en la República del Altái, generando un debate que trasciende la arqueología.

El descubrimiento fue realizado por un equipo del Instituto de Arqueología y Etnografía de la Academia Rusa de Ciencias en el transcurso de una expedición a la llamada “Zona de silencio de Ukok”, un área protegida por la UNESCO dentro de las “Montañas doradas del Altái”.

En su tumba, datada del siglo V a. C. y perteneciente a la cultura escita Pazyryk, los arqueólogos hallaron una cámara funeraria sellada por hielo eterno. El cuerpo reposaba junto a ofrendas y tejidos decorados, con una peluca trabajada y un ajuar que hablaba de un rango social elevado.

Su piel mostraba tatuajes zoomorfos, representaciones artísticas que hoy son una de las señas que es más reconocibles de esta antigua civilización nómada.

Tras su hallazgo, la momia fue trasladada a Novosibirsk, donde permaneció cerca de dos décadas para su estudio y conservación. En el año 2012, y bajo una intensa presión social y política, los restos fueron repatriados al Museo Nacional A. V. Anojin en Gorno-Altaysk, la capital regional.

No obstante, el regreso no puso fin a la controversia: para muchos altaios, el cuerpo de la “Virgen de hielo” debía regresar a su tumba original, en el suelo sagrado de Ukok.

Los pueblos indígenas del Altái, influenciados por el chamanismo, creen que los restos humanos conservan una fuerza espiritual activa. Según estas creencias, los espíritus perturbados pueden causar distintas enfermedades o desastres naturales.

Por ello, la exhumación fue interpretada por algunos como una profanación. Surgió entonces una narrativa popular de “maldiciones” y desgracias atribuidas al descontento de la princesa, alimentando la percepción de que su cuerpo debía descansar de nuevo en la tierra que la vio morir.

Análisis a la "Princesa de Ukok"

Pese a los análisis genéticos que demuestran que la momia no está directamente vinculada a los actuales habitantes del Altái, muchos la consideran una antepasada simbólica, una figura protectora y fundacional. Su imagen se transformó en un emblema en un contexto donde la etnicidad y el territorio se mezcla estrechamente desde la era soviética.

El Museo Anojin, que alberga los restos, se ha convertido en un espacio de culto laico. Su exposición es una combinación de tecnología, misticismo y marketing turístico: el cuerpo yace bajo un velo negro, visible solo durante la luna creciente, en una sala con iluminación tenue y música ritual.

Para algunos, este montaje honra su memoria; para otros, representa una forma moderna de explotación espiritual, "nunca llueve a gusto de todos".

El conflicto va más allá del terreno cultural. La momia ha sido también instrumentalizada políticamente. Su retorno vino a coincidir con una etapa de promoción turística impulsada por el Kremlin, y con los planes de construcción del gasoducto Power of Siberia-2, que atravesaría la meseta de Ukok.

Muchos habitantes interpretaron la repatriación como un gesto simbólico que estaba destinado a calmar las tensiones locales y a legitimar proyectos extractivos en una zona considerada sagrada.

La ley rusa, sin embargo, prohíbe la reinhumación de restos arqueológicos catalogados como patrimonio nacional. Así, la “Princesa de Ukok” permanece en exhibición, atrapada entre las exigencias científicas y las diferentes demandas espirituales.

Esta situación refleja una fractura más profunda como es la de un pueblo que se siente marginado en las decisiones sobre su propio legado cultural.

Más de tres décadas después del hallazgo, la “Virgen de los hielos” continúa desafiando el paso del tiempo y las fronteras entre lo material así como por lo sagrado.

Su cuerpo momificado se ha convertido en un símbolo de poder, identidad y memoria colectiva, un recordatorio de que incluso los muertos pueden ser actores en los conflictos del presente.

En el Altái, la momia narra el pasado escita aunque también las luchas contemporáneas por el respeto, la pertenencia y el derecho a decidir sobre la propia historia.

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