Los orígenes ocultos de la cirugía prehistórica, los secretos que la arqueología ha desvelado
De las plantas contra el dolor a los agujeros en el cráneo, una mirada a cómo comenzó el arte de sanar mucho antes de los hospitales
Antes de las batas y los quirófanos, la salud se sostuvo con manos, plantas y muchos rituales. El registro arqueológico y los estudios de paleopatología y paleogenética dibujan una prehistoria en la que curar fue tanto práctica empírica como un enorme acto simbólico.
Allí convivieron chamanes, "cirujanos" de herramientas líticas y mujeres que, lejos del tópico pasivo, acumularon un gran saber terapéuticos y obstétricos decisivos.
Durante décadas se impuso la imagen de “ellos cazan, ellas recolectan”. Las evidencias recientes corrigen ese erróneo sesgo pues la fuerza y el papel económico de las mujeres fueron mayores de lo supuesto y su relación con las plantas las situó en el centro del cuidado.
A la recolección se sumó la observación y se emplearon cataplasmas para el dolor, cortezas ricas en salicilatos —el principio de lo que hoy relacionamos a la aspirina— y una auténtica farmacopea vegetal que servía como astringente, antiparasitario, así como analgésico o expectorante.
De ese manejo, transmitido por tradición oral, aparecen las primeras “médicas” de la humanidad.
Paralelamente la experiencia con la reproducción asentó figuras proto–matronas. El parto vertical —que eran en cuclillas, de rodillas o de pie— daba autonomía a la madre, pero también abrió un campo de acompañamiento y conocimiento femenino sobre el ciclo, la fertilidad y, en muchas ocasiones, el control del embarazo con hierbas.
La cirugía nace con un raspado en el cráneo en la Prehistoria
El Neolítico vio consolidarse una técnica quirúrgica tan elemental como tremendamente audaz: la trepanación. Con láminas de piedra pulida, distintos grupos perforaron, rasparon o cortaron los huesos propios del cráneo para “abrir” la cabeza.
Pese a la ausencia de anestesia y asepsia, muchas personas sobrevivieron, tal y como prueban las cicatrizaciones óseas; existen cráneos con múltiples trepanaciones a lo largo de la vida.
La intención, según se interpreta, era en gran parte mágico-religiosa pues era para aliviar cefaleas, epilepsias o comportamientos interpretados como influencia de espíritus malignos.
El fragmento óseo extraído —la llamada “rondelle”— se convertía en amuleto. Con el tiempo, médicos como Hipócrates y, más tarde, Galeno redefinieron las indicaciones y técnica, pero la semilla de la cirugía ya estaba plantada.
En sociedades cazadoras-recolectoras, fracturas y heridas eran tremendamente frecuentes; inmovilizar con ramas o endurecer con arcillas moldeadas ayudaba a no detener a la banda.
La convivencia con animales y el hacinamiento del Neolítico trajeron, sin embargo, otro repertorio como pudieron ser infecciones respiratorias y entéricas, lepra, tuberculosis, viruela, además de zoonosis.
La esperanza de vida rondaba apenas los 30 años y el coste biológico del embarazo y el parto penalizaba a las mujeres.
Ötzi, agujas de carbón y un crimen antiguo
El “hombre de hielo” hallado congelado en los Alpes ofrece un primer plano de aquella medicina. Más de medio centenar de tatuajes lineales, aplicados con incisiones y carbón, parecen situarse sobre puntos dolorosos y que era una suerte de terapia para aliviar molestias, un remoto antecedente de la acupuntura.
Tenía unos 45 años, dentición enormemente gastada y murió desangrado por una flecha que le lesionó una arteria. Junto a él, objetos valiosos que descartan el robo; su final apunta a un encuentro de tipo violento.
La figura del sanador sintetiza la medicina total en la Prehistoria. Diagnosticaba con sortilegios, interpretando vísceras o entrando en trance con semillas y hongos alucinógenos; en muchos casos prescribía reposo, cauterizaba con fuego, aplicaba plantas y conducía ceremonias para “expulsar” males o restituir el alma perdida.
Exorcismos, ventosas, succión y transferencias del mal a animales u objetos que convivieron con medidas empíricas más útiles. El grupo podía sostener al enfermo o también abandonarlo si la dolencia se leía como castigo divino.
Monumentos como Stonehenge pudieron funcionar, además de templo o marcador astronómico, como lugar empleado para la curación. Las tumbas vecinas reúnen individuos con malformaciones, traumas y trepanaciones, y análisis dentales señalan procedencias lejanas.
La idea de viajar en busca de salud —como ejemplifica el “arquero de Amesbury”, quizá desde los Alpes— señalaría un temprano turismo terapéutico.