Canis y Felis, cuando la vida se entrega a los animales

Israel Maline a sus 36 años no sabe qué haría si volviera atrás. Duda si repetir los pasos. Habla en su nombre y el de su esposa, Olga Mozo, de 35. Clava la vista y cuenta las horas en carretera, los días de fiestas dedicados a la limpieza, las cuentas que no salen a final de mes, las llamadas y los whatsapp incesantes en horario de trabajo, la enfermedad de tal gato, el abandono de una camada. Tantos y tantos quebraderos de cabeza que termina por lanzar la pregunta al aire:«¿Por qué sigo», se dice mientras bebe una Coca Cola. «Porque quiero a esos animales. Le tengo demasiado cariño».

No encuentra otra explicación ni lógica. Quizás no exista. Un vida hipotecada por el altruismo no se entiende más allá del amor. De un cariño a 52 gatos y 16 perros «más tres en régimen de acogida». De un activismo que se remonta a 2006 y se ubica en los bloques del Campo del Sur. Hasta allí bajaba junto a su mujer para curar las heridas de unos mininos con las patas ensangrentadas, el cuerpo escuálido y los ojos hinchados. Le cedieron un pequeño trastero para evacuar a los que sufrían una situación más crítica. Aumentaron con los meses. No cabían. En 2011 se atrevió a coger un campo y fundar su propia protectora de animales: Canis y Felis. Israel, Olga y Mayte López conforman la presidencia. «Aunque también es imprescindible la labor de los voluntarios, les estamos muy agradecidos».

El primer terreno se quedó pequeño, actualmente pagan un alquiler en la Carretera del Marquesado. Prefiere no desvelar la ubicación exacta porque eso «fomenta el abandono y dejan a los animales en la puerta». Hace unas semanas depositaron 18 crías de bodegueros en una caja de cartón. Llegaron deshidratados y enfermos. Por suerte, «gracias a una veterinaria a la que le debemos mucho», hoy se encuentran recuperados. La mayoría han encontrado un hogar. Apenas queda un par de cachorros.

Cada can o especie supone un desembolso enorme. «Cuarentena, vacunas, tratamientos…», enumera Israel, que concluye: «Ahora mismo apenas tenemos 300 euros en el banco». Se financian con «la voluntad». Con la cantidad que ingresa la gente que empatiza con la causa. «Tenemos número de cuenta y Pay Pal (número aquí)». También, con mercadillos y actos que organizan cada cierto tiempo. El último este viernes en la antigua Casa del Niño Jesús. Sin embargo, la mayor aportación proviene de los Países Bajos. Se trata de una organización, amante de los animales, con el nombre Friends of Animals: «Es increíble. Hace poco nos dieron 900 euros para una obra y pagaron un tratamiento de 400. Sin ellos, desapareceríamos».

En su propia casa, Israel mantiene a varios gatos. «Los que están en peor situación, me los llevo». Uno de ellos ha perdido ambos ojos. Otro tiene una lesión en una pata que le impide caminar. A todos les profesa un cariño especial, pero no tanto como a Niña, que perdió la vida el pasado abril por culpa de un cáncer. Invirtió tiempo y dinero. Todo del que dispuso. No fue suficiente. «Soy más gatuno», argumenta el activista para justificar su empeño.

Tan gatuno, tan concienciado, que junto a un grupo de veterinarios baja cada cierto tiempo a los bloques del Campo de Sur para castrar a los machos y erradicar así la muerte de crías: «Nadie es consciente de la situación tan trágica en la que se encuentran». Entrega su tiempo sin recibir nada a cambio: «Bueno sí, quebraderos de cabeza», suelta con una sonrisa. Porque Israel y su esposa no recuerdan la última vez que hicieron un viaje, pero sí tienen presente las vacaciones que transcurrieron limpiando las casetas de los perros. Tampoco la cena por su aniversario, pero sí la noche que salieron a prisa de casa porque un cachorro se encontraba herido. Ni el Año Nuevo en casa con la familia, sino en carretera camino de Chiclana. «¿Por qué sigo?», vuelve a preguntar en voz alta mientras apura el refresco. «Porque quiero a esos animales».

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